DIAGNÓSTICO DE LOS TRASTORNOS DEL ESPECTRO AUTISTA


Los trastornos del espectro autista (TEA) se caracterizan por la presencia de alteraciones en la interacción social, la comunicación, así como patrones de comportamiento e intereses restringidos, repetitivos y estereotipados.

Uno de los aspectos más importantes es la detección precoz de estas dificultades en los primeros años de vida. Según Cabanyes y García (2004), gran parte de la dificultad del diagnóstico temprano se debe a que los propios criterios diagnósticos tienen el condicionante del desarrollo neuropsicológico del niño. Así por ejemplo, las conductas repetitivas suelen ser frecuentes a partir de los tres años de edad, pero difícilmente se observan antes de los 2 años, mientras que las alteraciones en el ámbito de la interacción social y la comunicación son más frecuentes en edades más tempranas.

Los síntomas característicos de los trastornos del espectro autista tienen su origen en disfunciones de la maduración normal del cerebro. Según Muñoz-Yunta et al. (2005) existen tres niveles de maduración cerebral. El nivel reactivo, el nivel propositivo y el nivel comunicativo.

En el nivel propositivo, se encuentra el origen de las estereotipias. Su base es el somatograma que informa al organismo de las relaciones físicas temporoespaciales con el ambiente, interacción necesaria para cualquier forma de actividad, tanto automática como intencional (como lo es la actividad oculomanual). Las estereotipias son consecuencia de una disfunción grave en el nivel medio del proceso de maduración cerebral que se expresan cuando está madurando los circuitos de conexión somatosensorial. Éste proporciona información de tipo autoconsciente sensitivo-sensorial que permite al individuo conocer su situación en el espacio. Entre el sexto y noveno mes de vida posnatal, el niño es capaz diferenciar su mano del objeto; es capaz de coger objetos en una actividad prelúdica y mostrarlos en una conducta propositiva. La estereotipia es signo de alarma en los TEA y sirve de sospecha para el diagnóstico precoz.

El tercer nivel es el nivel comunicativo, y es el que permite al niño informar de lo que siente y piensa a través de la empatía y de la actividad expresiva. Sobre los dos años de vida, la consecución correcta de este proceso madurativo proporciona al individuo la perfecta construcción de tres áreas funcionales del cerebro: la comunicación y el lenguaje, la socialización y la imaginación. Una incorrecta maduración del somatograma (segundo nivel de maduración cerebral), evita la adquisición de la autoconciencia que permite la comunicación y el lenguaje, la socialización y la imaginación. Estas alteraciones de la atención conjunta son indicadores sólidos y relevantes de los TEA y reconocibles antes de los 18 meses, y tienen un sustrato neurobiológico y un desarrollo diferente de las estereotipias (Muñoz-Yunta et al., 2005).

Otro grupo de síntomas característicos de los TEA es la alteración de la interacción social, relacionadas con la denominada Teoría de la Mente (ToM). La teoría de la mente es la habilidad psíquica que poseemos para representar en nuestra mente los estados mentales de otros (Téllez-Vargas, 2006). Está estrechamente ligada con la empatía, que es la capacidad de ponerse en lugar del otro; se expresa como una tendencia automática a imitar o sincronizar nuestras expresiones faciales, vocalizaciones, movimientos con los de la otra persona debido a una activación de la corteza temporal superior y de las neuronas espejo (localizadas en la corteza premotora ventral y el área de Broca). Las neuronas espejo permiten entender y atribuir las intenciones de los otros. La evolución del módulo de la ToM se realiza conjuntamente con el proceso de maduración cerebral de la adquisición del lenguaje en cada fase. La codificación y descodificación del lenguaje requieren de expresión y reconocimiento de las intenciones que albergan tanto el emisor como el receptor, lo que requiere de mecanismos metapsicológicos de inferencia implicados con la ToM.

Bibliografia:

Cabanyes-Truffino, J., & García-Villamisar, D. (2004). Identificación y diagnóstico precoz de los trastornos del espectro autista. Rev Neurol, 39(1), 81–90.

Muñoz-Yunta, J. A., Palau-Baduell, M., Díaz, F., Aznar, G., Valls-Santasusana, J. A., Salvadó-Salvadó, B., & Maldonado, A. (2005). Fisiopatogenia de las estereotipias y su relación con los trastornos generalizados del desarrollo. REV NEUROL, 41(Supl 1), S139–S147.

Téllez-Vargas, J. (2006). Teoría de la mente: evolución, ontogenia, neurobiología y psicopatología. Avances en psiquiatría biológica, 7(1), 6–27.

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